El escenario impresiona. Y el recinto, vacío, todavía más. Es increíble el camino realizado hasta llegar hasta aquí. De acuerdo que telonear a The Rolling Stones es a lo máximo que puede aspirar una banda de rock, dejando de lado ser los propios Stones. Ser cabeza de cartel, tener los acompañantes que iban a tener los Tormo, Tamarit y Ribes y cerrar el invierno con un fin de gira así ha de volver del revés todas las sensaciones de tu cuerpo. Se les nota ilusionados. Y con una pizca de nervios, a pesar de todo. A pesar de haber recorrido España entera con aviones, furgonetas y petates.
Lo mejor es que casi no llegamos. Emilio, copiloto en esta aventura, casi llega tarde al tren. Diez minutos antes. Y con toda la vaina que implica quitarse cosas, dejarlas en la bandeja y volverlas a poner pues no hubo casi tiempo ni de decir adiós a Valencia sentados en los asientos de la alta velocidad. Madrid espera. Y poder compartir unos momentos con la banda y otros ganadores del concurso de Rock FM. El cierre del círculo. Yo, que forjé amistades fuertes y otras que lo parecían pero que resultaron ser más falsas que un billete de 4 euros, comencé a escuchar a Los Perros del Boogie en Rock&Gol, antecesora de la actual emisora rock episcopal. Y con Iván Guillén, el Youngie. Y ahora, estamos en la misma sala, bajo el mismo techo, para ver como ha sido el camino, para ver lo alto que han llegado. Y como lo van a seguir haciendo. Una pausa en la ruta para descansar, seguir tocando, crear, tocar el mar o cualquier otra cosa que les salga de las narices. Porque se lo han ganado.
El Arena se va llenando a falta de treinta minutos. Había más gente antes, claro. Pero, ¿qué clase de provincianos seríamos sin no poner el tacón en una de las barras del barrio y comer un par de tapas con sus cervezas locales cargadas de crema? Pues eso. Alimentar el estómago para después el espíritu. Con carajillo incluido, por supuesto. Hay muchas cabecitas en pista. Y casi todas en las gradas. Si no es lleno total, poco falta. La curiosidad me lleva a bajar por las escaleras y observar un poco en la zona de control. Veo el repertorio. Veinticuatro temas. Va a ser una gran noche. Comenzamos Emilio y yo a hacer quinielas de que canciones tocarán los invitados. Niña Coyote eta Chico Tornado, Leiva, Juancho, César Pop, Nina de Juan, Sho-Hai, Maika Makovski y Antonio García pasarán por el escenario. Leiva tocará la batería seguro al estar el bombo de Gran Cañón a un lado del escenario. Al igual que Usua, Niña Coyote, claro. Una maravilla esta alfombra roja del rock. Desde el arranque, sin ninguna música de intro y dos guitarrazos para entonar ‘Aullando en el desierto’ hasta el final con ‘¿Qué demonios hago yo aquí?’ la banda presenta un engranaje perfecto. Claro. Llevado a la perfección. Sin fisuras. Como una defensa del mejor Rafa Benitez valencianista, se van sucediendo los temas y los invitados. Después de tocar casi del tirón ‘Mis amigos’, ‘Con solo un movimiento’, ‘Cayendo por el agujero’ y ‘Odiar me gusta’, llegan los primeros invitados. Niña Coyote eta Chico Tornado ponen a prueba los decibelios del personal con ‘Acantilados’. Golazo de rock de los vascos y ovación para la dupla. ‘Malas decisiones’ y ‘Resaca’ nos advierten que puede pasar al día siguiente, con aviso del propio Ovidi que así será nuestro futuro más próximo, a pesar de los kebabs y cualquier otra grasienta comida que lo amortigüe. El palacio ruge. Esta noche se beberá y se vivirá. Y con la sexy ‘Voy a bailar encima de ti’, ruge más. Pausa, respiro breve y un “Hemos traído unos colegas que están comenzando”. Así presenta el cantante a Leiva, Juancho y César Pop que se quedan para tocar, junto al trio gospel de Ele, Lorali y Toni, ‘Rock rápido’, ‘Casarme contigo’, ‘No pain no gain’, ‘Como quisiera’ y ‘No sé lo que me pasa’, en el que en esta última se une Sho-Hai, con una mezcla de rap y rock con recuerdos viejunos a Aerosmith y Run DMC, en versión castiza y molona a tope. El palco en el que nos encontrábamos, un lugar donde pudiera dar a pensar que sería soso y carente de energía, era un torrente de saltos, cánticos y bailes. Onomatopeya de vaya pasada, le grito a la oreja a Emilio, que decide que son las cinco en alguna parte y, por tanto, toca beber. ‘Por fin’ y ‘Barcelona’, con Ovidi al piano, suenan preciosas, esta última con Nina de Juan, de Morgan, que nos regala una de las joyas de la noche. Una de mis favoritas canciones recientes de la banda, ‘100 mil bolas de cristal’ me transporta a lugares de amores frustrados de los que todavía duelen, pero me hacen saltar y reír. Curarse es esto. Lamerse heridas con mandanga de la buena. Si el rock no sirve para eso, que me digan. Turno para Maika Makovski, con cariñosa ovación a su salida, a la que la banda tiene reservada ‘Desde que ya no eres mía’.
Llega lo gordo. La traca final. ‘A todo que sí, ‘Dispárame’ y ‘Apaga la radio’ con The Who flotando en el aire. Un cachito de ‘My Generation’ y el penúltimo ejercicio de comunión entre el público y la banda, coreando a base de ‘Oh Yeah!’, casi seña identitaria de Ovidi. La guitarra de Álvaro lleva sangrando rock de manera literaria desde el primer riff del concierto, con una fuerza que cambia rotaciones. Una bestia de técnica y potencia, que se corona en este tramo final. Una de las bandas emergentes y fenómeno musical también tendrán cabida en esta gozada para los sentidos. Arde Bogotá, con uno de sus embajadores, Antonio García, su cantante, que sube al nivel más alto de todos los niveles con la loca y electrizante ‘Hablar, hablar, hablar’, con rueda, baile y posesión digna de los mejores rockstars. No es posible pedir más. Pero había más.
Gorras de policía, bellas de comisaría, ya saben. ‘Dentro de la ley’. Rápida, letal y un ejercicio anaeróbico y de resistencia a nuestras cascadas rodillas como calentamiento para el final. La de siempre. Con todos los invitados. Con la marea del público saltando haciéndose la retórica pregunta ‘¿Qué demonios hago yo aquí?’. Pues, probablemente, asistir a un gran concierto, a un gran cierre de gira y a un orgullo de ver a esta banda, vista desde sus primeros pasos, consolidarse como una de las referencias del rock de este país.
‘Por fin, por fin hay algo bueno para mí’, resuena en mi cabeza. Explotó de alegría con mi Ubuntu hasta la carcajada. Buscamos el local donde después toca brindar, abrazar y tatuarse en la retina todos y cada uno de los momentos madrileños que, en un golpe de fortuna, nos resucitaron del barro, del dolor y de la rabia. Pero claro, lo que pasó allí, es otra historia que quizá no fuese nada. Tan solo fuego eterno, la bella T. y un billete de tren. No pain no gain.
Los Zigarros. Nos conocimos entre la maleza siempre dispuestos a cortar cabezas. Y que maravilla vivirlo.